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Teatro Social

 

  La calidad de los trabajos.

Opiniones de destacados representantes del mundo escénico.

Des de un inicio, el objetivo fue no sólo la vertiente terapéutica de la experiencia lo que nos movió a emprenderla, sino lograr unas producciones de calidad, homologables a las del resto de oferta profesional estándar que se exhibe en la cartelera, con objeto de romper con el estereotipo de que las personas con especiales dificultades (cómo en este caso son los discapacitados psíquicos y las personas con trastorno mental) no son capaces de ofrecer propuestas lo suficiente interesantes o de suficiente valor y avanzar de ese modo en la conquista de nuevas parcelas de inclusión social, en este caso, en el campo cultural.

En este sentido, el Grup de Teatre Social de Femarec ha sido merecedor, por parte del Jurado de los Premios Ciutat de Bracelona 2004, de una Mención Especial en el apartado de Artes Escénicas "por su alto grado de exigencia artística"


Seguidamente recogemos algunas opiniones expresadas por reconocidas personalidades del mundo teatral al entorno del Grupo de Teatro Social de Femarec:

  • Pablo Ley  Escritor y crítico de teatro 

"Intensa, mágica, espléndida velada teatral. Se presenta en el teatro Victòria "Els Tresors" a cargo de un grupo de estupendos actores."

(El País 20/11/2001)

"Este teatro lleva el sello del gran teatro, capaz de sacudir al espectador en su concepción del mundo de la manera más radical. Un acontecimiento artístico"

(El País 2/12/2003)

"Los espectáculos que hace Femarec obligan al público a ver la realidad con una mirada nueva, despojada de tópicos y prejuicios"

(El País 12/12/2003)

 

"Ver los diferentes espectáculos que ha presentado Femarec ha sido siempre una experiencia nueva que me ha hecho crecer como hombre de teatro y como persona...." 

 

"Es precisamente desde el orgullo de la diferencia, con su manera original, sólo suya, de actuar, una manera alejada –y tanto!- de la forma de hacer de los actores habituales, que nos deslumbran, que nos fascinan, y que, en definitiva, despiertan nuestra total admiración y
el más absoluto de nuestros respetos..."

 

"El resultado es muy superior al que yo me podía imaginar"

 

 

 

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Una felicidad especial (Pablo Ley, El País 20/11/2001) (PDF)

Intensa, mágica, espléndida velada teatral. Se presenta en el teatro Victòria "Els Tresors" a cargo de un grupo de estupendos actores.

Lo difícil va a ser convencer a los lectores de que fue una de mis mejores veladas teatrales, intensa, incluso mágica. Difícil porque habrá que vencer en los lectores los mismos prejuicios con los que yo fui al teatro Victòria y que poco antes de entrar en el vestíbulo, donde estaba citado con Maria Mercè Clara, presidenta de Femarec, me tuvieron cinco minutos merodeando por la calle. ¿Por qué prejuicios? Pues porque la obra que iba a ver, Els Tresors, la interpretaba un grupo de chavales que son discapacitados psíquicos. 

En el vestíbulo no estaba Maria Mercè Clara, ocupada en los últimos preparativos, nerviosa con el discurso (muy combativo, por cierto) que debía leer. Fue Toni Font quien me hizo de cicerone, aunque primero me cargó de folletos boletines y dossiers informativos referentes a Femarec y a la labor social que desarrollan. “El enfermo mental", me explicó Toni Font, "está estigmatizado, entre otras cosas por que el imaginario popular ofrece de ellos una imagen terrible. Es doloroso ver cómo a gente muchas veces con una capacidad mental normal se le cierran todas las puertas”.

Vamos entrando por el pasillo del teatro. En el centro del escenario está Glòria Rognoni, directora de la obra, cuyo texto, con aportaciones de los propios actores, ha escrito Josep Maria Benet i Jornet. En torno al escenario hay un auténtico revuelo. Le pregunto a Glòria si le importa que hable un momento con los actores. Y es a partir de ese instante cuando empiezan a desvanecerse mis prejuicios.

“¡Uy, uy, uy!, usted es periodista, ¿qué me querrá hacer decir?”, me dice Ana Maria Arqués, vestida de pirata, antes de explicarme la obra entera. Fernando Galbarro lleva un garfio “Yo soy el malo y los mando a todos”. “Fidel Rayo”, me dice otro, “es el que lleva el timón de la risa”. Jordi Juncás, Cristina Balot y Carles Fernández son del grupo de ensayo de los lunes. Son ellos los que me conducen por el laberinto de objetos escenográficos. Me enseñan el barco pirata, el arcón del tesoro, las palmeras de la isla, que ellos han construido. Me señalan los objetos con sus sables de cartón. Me presentan a algunos de los más de cincuenta actores que intervienen en la obra.

En la sala el ambiente es electrizante. Cuando sale Mont Plans a presentar la obra no le cuesta el menor esfuerzo hacernos aplaudir a todos (el Victòria es enorme), con ese aplauso algo marcial, al unísono, para que empiece la función. Es difícil que vuelva a ver en los espectadores una entrega tan sincera. Lo que no sé, todavía, es que en la hora y media siguiente me lo voy a pasar tan bien. Que me reiré a carcajadas, me emocionaré, aplaudiré los aciertos y acabaré en pie, como todo el teatro, en un aplauso prolongado.

Els tresors son los tesoros del hombre, la cultura. Por el centro del pasillo avanzan los piratas, el sable en alto. Llegan a la isla del tesoro. Y en el arcón no encuentran oro y piedras preciosas, sino a los 10 sabios. Serán ellos los que nos ilustrarán sobre los tesoros del hombre. La obra se compone de escenas breves, muchas dialogadas, algunas gestuales, que se suceden a buen ritmo. Uno de los momentos que el público más aplaude es el del baile que acaba en un amago de streep tease. No es, desde luego, un espectáculo cursi. Y está lleno de gags impagables como el del personaje que interpreta Marga Padrós, una catalana con mitones que parece salida de La Cubana o de Els Joglars. Glòria Rognoni ha hecho un trabajo enorme.

En fin. He empezado hablando de mis propios prejuicios porque es contra los prejuicios de la sociedad contra lo que Femarec más ha de luchar. Ya me lo había dicho Toni Font: “El teatro social es el escaparate. Desde el punto de vista terapéutico y pedagógico les estimula la autoestima. Hacia fuera, se trata de mostrar lo que esta gente puede hacer cuando se les dedican recursos”. 

En su discurso, Maria Mercé Clara ha sido contundente. En Cataluña hay 245.000 personas con discapacidades; dice citando al conseller en cap, Artur Mas. Pero lo que no se ha anunciado -destaca la presidente de Femarec- es que en los presupuestos del año próximo se prevén recursos para atender sus demandas. Luego arremete contra la LISMI, la ley de integración social de minusválidos, que obliga a las empresas de más de cincuenta trabajadores a incluir en plantilla a un 2% con alguna discapacidad. Una ley que no se cumple pese a haber sido mejorada por, el Real Decreto 27/ 2000, que sustituye la contratación directa por la compra de bienes a centros especiales de trabajo en los que, contratados y cobrando un salario, los discapacitados realizan, por ejemplo, trabajos de reciclaje de cartuchos de toner, de contadores eléctricos o de papel, es decir, trabajos no repetitivos y de cierta dificultad que influyen, además, en el propio desarrollo de sus capacidades mentales. La LISMI no se cumple porque no hay inspecciones y porque la multa es ridícula. Aparte del centro especial de trabajo, Femarec gestiona un centro de formación ocupacional y un centro de formación continuada. Un trabajo ingente que merecería un amplio apoyo de las instituciones y las empresas. 

A la salida del teatro, sí hablo con Maria Mercè Clara, y con Josep Maria Benet i Jornet, y con Glòria Rognoni, y con Mont Plans, y con Joan Font, que ha ido de espectador y ahora está pensando en cómo puede lograrse que este espectáculo pueda ser visto por más gente. En cualquier caso, son para todos instantes de felicidad. Una felicidad especial.

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El gran teatro del mundo (Pablo Ley, El Pais 2 /12/ 2003)

Aunque el acto se celebre en un solo día en el Victòria, no pue­de decirse que se trate de un acontecimiento menor. Es, en realidad, uno de los aconteci­mientos más electrizantes de la temporada barcelonesa, por­que desde el escenario llega una energía especial, intensísi­ma, entusiasta, viva. Los acto­res son chavales con “discapaci­dades psíquicas y enfermos mentales” (como puntualizan los organizadores, para evitar confusiones de nomenclatura) y se integran en el Grupo de Teatro Social de la fundación privada Femarec. Los dirige ar­tísticamente Gloria Rognoni, que lleva años haciendo que es­te pequeño milagro teatral ten­ga lugar.

El montaje de este año lleva por título El Concurs y es una farsa sobre los concursos televi­sivos en el que los numerosos actores del Grupo de Teatre So­cial de Femarec son al mismo tiempo presentadores, azafa­tas, invitados, cámaras y de­más oficios del circo televisivo. Obviamente, el resultado ha de ser caótico en una búsqueda del efecto cómico y, al mismo tiempo, del desarrollo de los ta­lentos que estos especialisimos actores poseen y son: la sinceri­dad, la alegría, la espontanei­dad y, en algunos casos y con un valor tremendamente tea­tral, hasta la timidez. Todo ello con una escenografia que han construido los mismos actores y que juega, igual que el vestua­rio, con los colores primarios y una ironía naive que, aplicada a la crítica de la banalidad so­cial de los concursos televisi­vos, puede lograr efectos sor­prendentemente demoledores. 

Este teatro lleva el sello del gran teatro, capaz de sacudir al espectador en su concepción del mundo de la manera más radical. Un acontecimiento artístico.  

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El público transfigurado (Pablo Ley, El País 12 /12/003) 

Los espectáculos que hace Femarec obligan al público a ver la realidad con una mirada nueva, despojada de tópicos y prejuicios.

                                                                  

La verdad es que me siento como en casa. He llegado al Teatro Victoria una hora antes de que empiece la función. El Victoria es uno de los teatros más grandes de la ciudad y hoy se llenará hasta el palo de la bandera porque ofrece una función, especial, algo distinta. La función lleva por título "El concurs" y en ella parti­cipan unos 50 actores a los que, en los últimos años, he aprendido a co­nocer y querer. 

Me cuelo hacia el es­cenario donde sé por la (mêlée espontánea que se ha formado a su alre­dedor) que Glòria Rog­noni, la directora, está dando las últimas ins­trucciones a los actores. Me pongo discretamen­te a sus espaldas y escu­cho. “Lo que quiero es que salgáis a disfrutar”. Lo dice con un énfasis capaz de conferir a sus palabras un perentorio poder de convicción. Luego la rnêlée se desha­ce y algunos de los cha­vales me reconocen de otros años y me saludan con efusividad. 

Voy a tratar de expli­carme mejor. Los actores del Grup de Teatro Social de Femarec su­fren algún tipo de disca­pacidad psíquica o son enfermos mentales. Y los espectáculos que ha­cen —resultado de un año entero de trabajo— cumplen diversos objeti­vos, entre los cuales, y no en último lugar, se encuentra el de crear un producto cultural, es decir, una obra que obligue al público a ver la reali­dad con una mirada nueva, despojada de tópicos y prejuicios. Una mirada que me atrevería a calificar de liberadora, incluso catártica. Y conste que no estoy haciendo poesía.  

Desde 1999, cuando vi en el Victòria "Els quatre elements", sobre poemas de Mar­ta Pessarrodona, he intentado seguir las actividades de esta compañía. Glòria Rog­noni la dirige, desde su silla de ruedas, desde 1997 y, con El Concurs, ya son siete los espectáculos que ha montado. El pri­mero, "Hivern", fue sobre textos de Miquel Martí i Pol. Le siguieron "Les quatre esta­cions" (de Glòria Rognoni), "Un dia una vida" y "Els tresors" (de Josep Maria Benet i Jor­net) y, el año pasado, "Metamorfosi" (tam­bién de la Rognoni). Todos ellos conjugan los diversos lenguajes de la escena -desde la danza al mimo sin olvidar el texto- con la intención de que todos los integrantes de la compañía tengan su momento estelar, su gag, su ins­tante de gloria.

 Lo cierto es que me alegra que los cha­vales me recuerden. Entre ellos, provisto de libreta y de bolígrafo, soy el periodista:

“Tú eres el periodista, ¿a que sí?”, me dice una especialmente decidida, mientras me da la mano con una enérgica sacudida.

“¿Qué tal los nervios?”, pregunto yo. “¿Nerviosos nosotros? No, qué va”. A telón bajado y entre bambalinas me explicanquellevan todo el ,año trabajando en grupos que se reúnen en días alternos. “Vamos a pasárnoslo bien”. Están pendientes de las indicaciones de Gloria Rognoni y es a través de ellos como me entero de que tenemos que bajar la voz porque ya han abierto sala. “Sssst, que ya entran”. En un susurro me explican de qué va la obra de este año. Llega el momento de concentrarse, así que me voy. 

Aún falta un rato para que. empiece "El concurs". Toni Font, que fue mi cicerone el primer año, está atareado recibiendo a la prensa. Lo cazo al vuelo. “En Francia e Inglaterra hay incluso compañías profesionales de actores con discapacidades psíquicas”, me cuenta Font, “y aquí aún tenemos que hacer.es­fuerzos cada vez que intentamos explicar que lo que hacemos es un acto cultural, no un acto social. Claro que el Teatro Social tiene otras utilidades, in­cluso terapéuticas, pero yo diría que el más bene­ficiado es siempre el pú­blico”.

En el breve discurso previo a la función, Ma­ria Mercé Clara, presi­denta de Femarec, defi­ne con un término casi poético los objetivos de Femarec: “La integra­ción feliz”. Es decir, la integración que les per­mita una plena autono­mía personal en un mun­do que ellos sienten hos­til como el bosque noc­turno de Blancanieves. Y, entonces sí, se apa­gan las luces de sala y Mont Plans presenta la función: “¿Sabéis aplau­dir? ¿Sabéis silbar? ¿A ver? Que os oigan ellos”. Y una estruendo­sa ovación se eleva des­de la platea mientras se levanta el telón. 

El concurs es una parodia de un reality show en el que los concursantes tienen que lograr la empatía con el público contándole su vida. Hay dos presentadores, cinco concursantes, otros son figurantes, otros el equipo técnico... La dificultad estriba en conjugar las diferentes discapacidades, que pueden ser leves y menos leves, y hacer que cada uno se sienta protagonista. Los hay que tienen una eficacísima vis cómica, los hay con un verdadero sexto sentido para captar la atención del público, y los hay con una presencia escénica envidiable. El espectáculo es menos visual que otros años, pero igual de bonito. Y, además, el final es espectacular: todos los chavales con linternas de mano iluminando grandes hojas de papel de seda de color rojo que parecen arder como el fuego.

Confieso que siento envidia. Siento envidia del público que tienen estos chavales. No es que sea un público entregado, yo diría más bien que es un público transfigurado. Un público, sumergido en aplausos, que ha dejado de mirarse el ombligo. Un público, en definitiva, que ha entendido los beneficios de “una integración feliz”.

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Joan Font:

Cuando el teatro es mucho más que una representación

No es habitual en nuestra sociedad encontrar un grupo de personas que se reúnan para intentar explicar una historia que pase de verdad encima del escenario. Asistir a la representación de un trabajo con estas premisas produce un impacto que no se borra fácilmente. Los espectáculos que organiza Femarec, con personas afectadas por diversas discapacidedes son una explosión de sentimientos, de sensaciones y de sensibilidad que te golpean, te hacen reflexionar y te llegan al corazón con una autenticidad y una energía francamente admirables. El trabajo, la entrega y el talento de los actores y de las actrices que participan te devuelven la confianza en el género humano. Frente propuestas tan generosas como el espectáculo "Los Tesoros" nos damos cuenta que el egoísmo de las personas que no hemos de superar cotidianamente dificultades especiales para vivir no tiene ningún sentido, y descubrimos que lo más importante es sentirse útil, aprender a ser solidario y a formar parte de alguna cosa mayor que nuestro pequeño mundo de cada día. En este espectáculo no tan solo pudimos gozar de un espíritu creativo envidiable y de un trabajo de equipo muy cohesionado, sino que nos dio una lección de vida. I creo que todo el público que tuvo el privilegio de asistir a la representación de "Los Tesoros" y de aplaudir a los magníficos intérpretes y a todo el equipo, diría exactamente lo mismo.

Ver los diferentes espectáculos que ha presentado Femarec ha sido siempre una experiencia nueva que me ha hecho crecer como a hombre de teatro y como persona. Las representaciones no solo me han emocionado, me han hecho reír, me han hecho llorar y me han hecho pensar, sino que me han proporcionado una visión de mi oficio desde un ángulo más humano. Ha sido especialmente gratificante comprobar que el arte antiguo, bello y un poco ingenuo del teatro es una herramienta tan útil para la comunicación, para el desarrollo creativo y para la reivindicación de los derechos de un colectivo. El potencial imaginativo de las personas es uno de los grandes tesoros de la humanidad y todo el equipo de "Los Tesoros", nos lo demuestran con un trabajo extraordinario.

Me gustará continuar viendo las propuestas de Femarec y compartir cada año una nueva experiencia escénica, un nuevo reto teatral que seguro nos hará vibrar y nos ofrecerá un espacio privilegiado para la interpretación y el intercambio. Querría felicitar muy sinceramente un equipo tan motivado. Felicidades a todos los técnicos, escenógrafos, iluminadores, attrezzistes, regidores, constructores, colaboradores y también a las actrices y a los actores, verdaderos protagonistas de unas representaciones tan mágicas. Felicidades a Glòria Rognoni por su inmenso trabajo y por su lucidez y generosidad, valores infrecuentes y excepcionales. Y un recuerdo emocionado para Teresa Calafell que nos dejó hace unos meses y que ha supuesto una pérdida muy dolorosa para el mundo del teatro y para el mundo de Femarec.

No quisiera acabar sin comentar una sensación que tengo cada año cuando acaba la representación, un desasosiego que me queda, al pensar que la obra no se volverá a representar y que solo los que salimos del teatro hemos podido gozar de un esfuerzo tan grande y de la mirada limpia, clara, enérgica y divertida de los intérpretes. Creo que los montajes de Femarec pueden llegar a un público mucho más amplio y propiciar la creación de un entorno más humano y solidario, ayudar a transformar la sociedad y, en definitiva, transformarnos a nosotros mismos.

Yo seré muy feliz si cada año podemos gozar de un acontecimiento que nos sacude, nos conmueve y nos devuelve una sonrisa fraternal que habíamos olvidado hace demasiado tiempo, y quiero que sepáis que siempre tendréis mi apoyo y el de "Comediants".

¡Adelante y felicidades!

Joan Font
Director de Comediants

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Josep Ma. Benet i Jornet

El derecho a ser diferente

Un teatro lleno hasta la bandera. Excitación. Se apagan las luces de la sala. Se abren las cortinas del escenario. Empieza el espectáculo. Música, una enorme cantidad de actores, miedo, valentía, texto, canciones, coreografía, los colores y las formas de un vestuario y de una escenografía, el público que ríe, el público que se emociona... Y una señora que se llama Gloria, entre bastidores, siempre sentada pero nunca inmóvil, empuja y empuja la representación hacia adelante.

Al acabar, ovación, saludos, abrazos... Y enseguida, alguien que, como tantos más, sube al escenario, manifiesta su entusiasmo y de pronto concluye, para sancionar la satisfacción general: “Un espectáculo tan interesante como cualquier otro de los que puedes ver en los escenarios de Barcelona. Del mismo nivel, oye. Un espectáculo normal.”

¿Un espectáculo normal? No, se equivoca. Lo ha dicho porque era el mejor de los piropos que podía dedicar a la fiesta que han vivido sus ojos y sus oídos. Lo ha dicho con pasión y casi con desafío. Pero no, de ninguna manera. No es un espectáculo normal. No hace falta que sea un espectáculo normal. Es un espectáculo diferente. ¿Por qué no habríamos de afirmar y subrayar su diferencia?

Estamos hablando del espectáculo que una vez al año ofrece la gente de Femarec. Un auténtico acontecimiento que tiene lugar en el teatro Victoria, un teatro de los buenos, dónde habitualmente se exhiben grandes profesionales, actores más que reconocidos por el gran público, más que apreciados por la gente que ama las artes escénicas.

Y, mira por donde que sí, que una vez al año, de pronto, lo ocupan y se exhiben unas personas diferentes. No son profesionales, no son “amateurs”... Son otra cosa. Ríen cuando les hacen cosquillas, lloran cuando les pinchan, aman, odian. Y trabajan, y luchan, y buscan su lugar bajo el sol. Sobre todo exigen su derecho a ser de otra manera. Su derecho, por decirlo de forma más “dramática”, a no padecer ni hacer padecer porque son distintos. Y lo hacen, por ejemplo, sobre del escenario, mostrándolo sobre del escenario. Desde la diferencia.

Es precisamente desde el orgullo de la diferencia, con su manera original, sólo suya, de actuar, una manera alejada –y tanto!- de la manera de hacer de los actores habituales, que nos deslumbran, que nos fascinan, y que, en definitiva, despiertan nuestra total admiración y el más absoluto de nuestros respetos.

Se ha acabado el espectáculo, ya lo he dicho; nos hemos emocionado, ya lo creo; hemos reflexionado, quien sabe si también... Alguna autoridad que asistía y que quizás no esperaba encontrar en el escenario la clase de resplandor que le ha saltado a la cara, afirma que claro que si, que esto lo tendría que ver más gente, que nada, que hará las gestiones oportunas, que “lo podáis dar por hecho”... Seguramente sólo palabras. Como en tantas ocasiones y en tantos momentos.

Pero no por esto la gente de Femarec dejará de luchar, en este campo episódico del teatro, igual que en tantos más quizás menos vistosos, quizás menos exuberantes, pero tanto o más fundamentales, a fin de que un día se entiendan y se respeten, también, los derechos de ESTA diferencia.

Y la alegría del espectáculo volverá, y continuará, y volverá de nuevo, y continuará otra vez...

La alegría del espectáculo; es decir: la esperanza del futuro.

Josep M. Benet i Jornet

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Isabel-Clara Simó                                                                                       

Diari Avui (4/12/2003)

Teatro Social

El martes fui al teatro, y vi una función muy especial. Diferente. El espectáculo se titula "El Concurs" y está interpretado por el Grupo de Teatro Social, según un meritorio proyecto de Femarec. Se trata de un conjunto de actores y actrices con disminución psíquica y/o trastornos mentales. Ellos mismos fabrican el vestuario, los decorados y el atrezzo, e interpretan una función en la qué hay danza, efectos corales, efectos especiales y toda la magia del teatro. El espectáculo lo ha escrito y dirigido una gran mujer de teatro: Glòria Rognoni y el resultado es muy superior al que yo me podía imaginar. Lo cierto es que este grupo de teatro, ya veterano y con tablas, ha hecho seis más, uno por año, que se titulan "Hivern" (1997), "Les quatre estacions" (1998), "Els quatre elements" (1999), "Un dia, una vida" (2000), "Els tresors" (2001) y "Metamorfosi" (2002). El de este año es una sátira sobre los concursos televisivos.

 

Antes de empezar la representación Maria Mercè Clara, una de las directivas de Femarec, nos dijo unas palabras que me parecieron una muestra de civilidad: dijo que el nuevo gobierno que tendremos en Catalunya, sea cual sea su composición, dará más atención a los discapacitados. Remarcó, no obstante, que el problema de los discapacitados no es sólo un problema de presupuestos, aun cuando los recursos son muy importantes; son condición necesaria, pero no suficiente. Lo que hace falta, además, es un cambio de mentalidad, un cambio de actitud respeto a los discapacitados, y no solo porque son una parte muy elevada de la población sino porque es sencillamente de justicia.

 

Todavía tenemos presente el escándalo que ha protagonizado Ana Botella, al inaugurar su papel como regidora madrileña de Bienestar Social, porque escogió una sede lujosa. La derecha cavernícola todavía conserva el espíritu de beneficencia cuándo habla de temas sociales. Es una idea que ha estado y es muy nociva, porque los derechos de los ciudadanos son esto, derechos, tanto si tienen algún tipo de discapacidad como sino lo tienen. Y la fracción más débil de una sociedad tiene el derecho a recibir unas atenciones que les atañen, no que les son regaladas. Y sus problemas -laborales, de inserción, médicos...- no son el fruto de la compasión -aun cuando la compasión es un noble sentimiento- sino de la obligación moral, social, política e intelectual hacia su discapacidad.
Esta es la cuestión. El resto es retórica.


 

 

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